La percepción negativa del dominicano

La percepción negativa del dominicano

Por Tony Peña Guaba

El dominicano ha sido históricamente un pueblo alegre, resiliente y trabajador. Sin embargo, en los últimos años se ha instalado una percepción cada vez más negativa sobre nosotros mismos como sociedad. Una percepción que no surge de la nada, sino que se ha ido alimentando, en gran medida, por el uso indiscriminado de las redes sociales y por una crítica constante que, muchas veces, carece de información, contexto y discernimiento.

Vivimos tiempos en los que se ataca todo: lo bueno, lo regular y lo malo. Y lo más preocupante es que se mide con la misma vara. Da igual si una acción genera resultados positivos o si un esfuerzo produce avances reales; para muchos, todo es malo por el simple hecho de ser. Esta dinámica ha distorsionado la realidad, ha banalizado la noticia y ha provocado una peligrosa inversión de valores.

Las redes sociales han impulsado, además, una falsa narrativa del éxito. Se exhiben vidas que no siempre corresponden con la realidad, se glorifica la fama rápida y se normaliza la idea de obtener reconocimiento y dinero sin esfuerzo, sin talento y sin formación. Esto ha impactado directamente a una parte de nuestra juventud, que hoy ve como aspiraciones legítimas caminos como el chipeo, el microtráfico, el chantaje disfrazado de comunicación, la fama vacía como “influencer”, el arte urbano sin formación o incluso la mercantilización extrema de la intimidad.

La pregunta obligada es: ¿qué nos llevó hasta aquí?

La respuesta no es única ni simple. Tiene que ver, por un lado, con la falta de oportunidades reales; pero también con un sistema educativo que durante mucho tiempo no ha respondido a los desafíos de la época. A esto se suma una realidad innegable: en muchos hogares se ha debilitado la conciencia sobre la formación en valores, la disciplina y la responsabilidad en la crianza de los hijos.

Un país no avanza solo por su crecimiento económico. Avanza cuando su gente tiene conocimiento, disciplina y valores. Por eso, hoy más que nunca, debemos colocar la educación en el centro de la transformación nacional. No basta con que sea gratuita y de calidad; debe ser obligatoria. Desde la primera infancia. Desde uno o dos años de edad.

Necesitamos una educación más moderna, con una currícula alineada a los tiempos de la tecnología, la innovación y los idiomas. Debemos convertir una parte importante de nuestros liceos en politécnicos, para que nuestros jóvenes salgan del sistema educativo con tres cosas fundamentales: un idioma aprendido, el bachillerato concluido y un oficio técnico que les permita insertarse dignamente en el mercado laboral.

Si como sociedad logramos enseñar otra cara del éxito; si garantizamos que en nuestras calles no haya niños deambulando, sino niños obligatoriamente en las escuelas; si fortalecemos la educación y los valores desde el hogar y el aula, no solo avanzaremos como país. Reduciremos la pobreza, ampliaremos oportunidades y, sobre todo, mejoraremos la percepción del dominicano sobre su propia nación.

Creer en nosotros mismos, con fundamento, educación y valores, es también una forma de hacer patria.