Por Roberto Ángel Salcedo
Al conmemorar el 213 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte, se vuelve propicia la ocasión para reflexionar sobre su trascendental obra; tomar las líneas más representativas de su ideario y, consecuentemente, promover, a través de su imagen, los valores esenciales de la dominicanidad.
El orden, el sentido de planificación y discreción que caracterizaron la organización de la gesta independentista de 1844 fueron posible por un liderazgo con la reciedumbre y el criterio pertinaz que, como el de Duarte, fue capaz de combinar y aglutinar el hartazgo y desencanto de una ocupación haitiana que excedía las dos décadas en la parte oriental de la isla y el propósito de una conquista histórica.
Ideas de libertad
Desde la fundación de la sociedad secreta La Trinitaria, el 16 de julio de 1838, la base de sustentación ideológica y conceptual del pensamiento de Duarte estuvo orientado hacia la consecución de la soberanía nacional. Estimuló, junto a sus compañeros de lucha, la diamantina idea de hacer de la República Dominicana, una nación libre, soberana e independiente de toda potencia extranjera, sin tutela, protectorado ni anexión.
Duarte manifestó: “Nunca me he propuesto otra cosa que no sea la independencia absoluta de mi patria”. Su fulminante y absoluto rechazo a cualquier forma o pretensión de dominación externa moldeó el rigor que demandaba su noble y trascendental propósito.
Las ideas de libertad, viendo a la nación como un sujeto político autónomo, más allá de una retórica vibrante, encontró, en los hombros de Duarte y sus compañeros, el soporte para su desarrollo práctico, brindándole, a su vez, un carácter no negociable a la gesta independentista.
Para Duarte, la patria debía abrazar los preceptos republicanos: “Nuestra república ha de ser democrática, no una monarquía ni un régimen autoritario”. Un gobierno basado en el orden que establecen las leyes, no en el criterio individual de hombres fuertes. El patricio defendió la pertinencia de convertir a la nación dominicana en la reunión de todos los dominicanos, garantizando y apoyando la separación de los poderes públicos con la misma vehemencia con que rechazaba los proyectos de vocación caudillistas.
Duarte y la participación ciudadana
El padre fundador de República Dominicana expuso el criterio de la participación colectiva en el funcionamiento de la nación: el poder debe emanar del pueblo y ejercerse conforme a la ley. Con la garantía del sufragio como base de legitimidad, representación política auténtica y, no menos importante, la consustancial responsabilidad de los gobernantes ante la nación.
Para Duarte, el Estado debía regirse por una constitución justa, respetada por todos. A través de su emblemática expresión: “Sed justos lo primero, si queréis ser felices”, Duarte fomentó la supremacía de la justicia y la ley e igualdad ante ella y la construcción de un gobierno limitado por normas jurídicas que garantizaran racionalidad y equilibrio en el ejercicio.
Pensamiento duartiano en el s. XXI
En una sociedad como la actual, hiperconectada, con abundante información disponible, con mayores capacidades para la distorsión, para la creación de divisiones sociales y la tergiversación; el pensamiento duartiano adquiere una nueva dimensión, que nos convoca a estudiar e impeler en todos los niveles sociales, económicos y políticos.
La República Dominicana de 2026 debe mantener, como lo viene desarrollando el gobierno del presidente Luis Abinader, una firme defensa a la soberanía territorial, económica, tecnológica y cultural. Una celosa protección de nuestros recursos estratégicos, datos e identidad nacional. La soberanía, por la que tanto luchó Duarte, hoy se ejerce defendiendo la capacidad de decidir nuestro rumbo económico, tecnológico y cultural sin imposiciones externas.
El pensamiento de Duarte conduce, indefectiblemente, al fortalecimiento de nuestro Estado de derecho, a la auténtica independencia de poderes y al cierre definitivo de los modelos de personalismo político que tanto condenaron y limitaron el desarrollo humano y social del pueblo dominicano.
Las ideas de Duarte comulgan vívidamente con la necesidad de mayor transparencia en la gestión pública, con la permanente rendición de cuentas y el establecimiento y consolidación de los gobiernos abiertos.
La visión de Duarte asume un nuevo espíritu al determinar que una república moderna se mide por la fortaleza de sus instituciones, no por la popularidad de sus líderes. El pueblo no sólo elige, ahora fiscaliza, participa y decide junto al Estado.
Duarte: referente moral
Si el sueño de independencia tuvo la capacidad de transformarse en una latente realidad se debió, en gran medida, a la solida formación moral de sus promotores. Es por ello que, en el actual contexto de perdida de valores, de influencias malsanas y despropósitos a los que estamos constantemente sometidos, la ética ciudadana reviste de un valor inconmensurable.
Lo que Duarte denominó en el siglo XIX como virtud cívica, hoy se renueva a través una sociedad que debe ser impactada por ejemplos morales que dignifiquen la condición humana. La práctica moral en cualquier quehacer productivo, debe desistir de su carácter privado y transformarse en una obligación pública.
Los ideales del patricio, fruto del más desmenuzado y ponderado estudio, se inscribieron en la necesidad de producir una independencia absoluta, promoviendo la institucionalización de una república democrática, que funcionase como un verdadero Estado de derecho, donde la unidad nacional, la educación y los valores cívicos y morales caracterizaran su accionar.
Amar y defender la patria
La defensa de nuestros valores culturales, representado en tradiciones, en respeto a nuestra soberanía y a las decisiones emanadas por la voluntad libérrima del pueblo dominicano, deben constituirse en una labor continua y permanente, no en una postura retórica.
Amar y defender la patria es transferir conocimientos y experiencias a las nuevas generaciones; es promover figuras ilustres como la que representan nuestros padres fundadores, así como hombres y mujeres que, a través de las distintas etapas de la vida dominicana, han contribuido con lágrimas, sudor, sangre y hondo sacrificio a su desarrollo pleno y adecentamiento; amar y defender a la patria es servirle; es cuidarla, no usarla como consigna.
Hoy, más que en cualquier otra época, la excelsa vida de Duarte y los más nobles valores de la dominicanidad deben ser proyectados con todo fulgor y diafanidad.
Fuente: El Dia Digital









