El apagón registrado este domingo 21 de septiembre 2025 en dos ocasiones en el Aeropuerto Internacional de Las Américas (AILA) no es un simple fallo eléctrico: es una señal de alerta que toca de lleno la seguridad operacional, el prestigio de nuestro principal puerto aéreo y nuestra seguridad nacional, pues una de las 3 fuentes de ingresos de divisas en la República Dominicana es el turismo.
De acuerdo con el Anexo 14 de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), todo aeropuerto que opere vuelos internacionales con aproximaciones de precisión está obligado a disponer de un sistema secundario de energía de emergencia, capaz de entrar en funcionamiento de manera automática y dentro de tiempos máximos estrictos: un segundo para categorías II y III, y hasta quince segundos en la categoría I. La norma no es un capricho técnico, es una barrera de seguridad diseñada para evitar que una falla en el suministro eléctrico exponga a cientos de pasajeros a riesgos innecesarios durante aterrizajes y despegues.
Más aún, el Manual de Diseño de Aeródromos, Parte 5 (Doc 9157) detalla cómo los aeropuertos deben garantizar redundancia real: generadores listos para arrancar, sistemas UPS para sostener cargas críticas y alimentadores duplicados físicamente independientes. Incluso establece la necesidad de monitorear, probar y documentar periódicamente la capacidad de estos sistemas de responder al instante.
Frente a ese marco normativo, la pregunta es inevitable: ¿por qué dos apagones pudieron afectar al AILA, un aeropuerto de categoría internacional, como si se tratara de una terminal improvisada? No se trata solo de la incomodidad de los pasajeros, sino de la posible exposición a un escenario de riesgo que, por fortuna, no coincidió con un aterrizaje de precisión en condiciones meteorológicas adversas.
La aviación civil vive y se sostiene de la confianza. Cada luz de pista, cada balizamiento, cada radioayuda depende de un flujo eléctrico continuo que la OACI considera tan esencial como la pista misma. Permitir que un apagón, por breve que sea, se repita sin consecuencias ni explicaciones transparentes es dar la espalda a ese principio.
El AILA -AERODOM y VINCI airport- y la autoridad aeronáutica tienen ahora una obligación doble: explicar qué falló y demostrar con hechos que los sistemas de emergencia cumplen con los tiempos y redundancias que dictan las normas internacionales. De lo contrario, corremos el riesgo de que lo ocurrido ayer no sea una anécdota pasajera, sino un síntoma de una debilidad estructural en nuestra infraestructura aeronáutica.
En aviación, la oscuridad nunca es una opción.
Por Affe Gutiérrez, MA
Piloto, Abogado, Comunicador y Magister en Defensa y Seguridad nacional.









