Por Idalia Cabrera Pimentel
Después de treinta años sin ver una aeronave dominicana aterrizar en Nueva York, el 16 de junio de 2025 marcó un momento cargado de significado: un avión de Arajet tocó tierra en el Aeropuerto Internacional Newark Liberty EWR . No fue un vuelo más. Fue el regreso de la bandera. El reencuentro de un país con su gente.
El vuelo, recibido entre aplausos, lágrimas y móviles en alto, reactivó una conexión suspendida por décadas entre la diáspora dominicana y su país de origen. Para muchos, no era solo un aterrizaje: era un pedazo de patria volviendo a casa.
La historia detrás de ese momento es larga y compleja. Desde el cierre de Dominicana de Aviación en 1999, ninguna aerolínea nacional había vuelto a operar rutas directas hacia Nueva York. No porque faltaran aviones o voluntad, sino porque faltaba algo más esencial: el acceso al cielo estadounidense.
Durante años, las aerolíneas dominicanas enfrentaron restricciones legales que limitaban sus rutas hacia Estados Unidos. La firma del Acuerdo de Cielos Abiertos entre República Dominicana y EE. UU., en diciembre de 2024, fue el punto de inflexión. El tratado, impulsado por el ministro de Turismo David Collado y respaldado por el presidente Luis Abinader, eliminó barreras que impedían a compañías dominicanas operar con libertad hacia destinos clave como Nueva York, Miami y San Juan.
Arajet fue la primera en tomar impulso cuando se abrió el cielo. Nació en 2022 con una idea simple pero poderosa: que volar no debía ser un lujo, y que los dominicanos merecían estar más cerca de los suyos, sin importar en qué parte del continente vivieran. Con pasos firmes, fue creciendo, ganándose la confianza de miles de pasajeros y demostrando que una aerolínea dominicana sí podía soñar en grande y cumplirlo.
Pero abrir el cielo no fue suficiente. Había que pasar por procesos rigurosos: certificaciones técnicas, autorizaciones del Departamento de Transporte de EE. UU. (DOT), aprobación de la FAA, entrenamientos, adecuaciones operativas y, por supuesto, competir con aerolíneas ya posicionadas en un mercado exigente.
Lo hicieron. Y lo hicieron bien.
Hoy esa visión se traduce en una ruta viva: Santo Domingo–Nueva York, directa, diaria, cercana. No es solo un vuelo más. Es un lazo que une historias, familias, abrazos pendientes. Es volver a casa sin escalas. Como dijo con emoción Víctor Pacheco, su fundador: “Este vuelo no es un destino, es un símbolo de lo que podemos lograr como país”.
El regreso a Nueva York es también un gesto de justicia simbólica. Una respuesta a una diáspora que ha estado siempre presente en el desarrollo nacional y que ahora, finalmente, tiene una aerolínea dominicana que la lleva de vuelta a casa.
Con este hito, Arajet no solo reabre una ruta: reclama un lugar para República Dominicana en el mapa de la aviación internacional. Y demuestra que, con visión, respaldo institucional y trabajo constante, el país no solo puede volar… puede volar alto.
Como dominicana, ver un avión de mi país aterrizar nuevamente en Nueva York me llenó de emoción y orgullo. Porque no es solo un destino recuperado: es la certeza de que estamos avanzando, volando con rumbo propio y, al fin, con ese cielo a nuestros pies.









