Por Pablo Ulloa
Defensor del Pueblo y ciudadano dominicano
En un país donde las decisiones suelen tomarse desde arriba y con prisa, nos propusimos algo radical: escuchar con calma desde abajo.
Durante tres meses, recorrimos 32 provincias y conversamos con más de 10,000 niñas, niños y adolescentes. No les pedimos dibujos decorativos. Les preguntamos cómo imaginaban su país. Y respondieron con una lucidez que desarma.
En Constanza, una niña dijo: Tío Pablo “Yo sueño con árboles y silencio bonito.”
En La Zurza, un niño pidió: Tío Pablo “Quiero ir al parque sin miedo.”
En Azua, otra niña preguntó: Tío Pablo “¿Tú también tienes una casa con flores?”
Y en San Cristóbal, una más confesó: Tío Pablo “Yo tengo ideas, pero los grandes se ríen.”
Esas frases no son anécdotas tiernas. Son diagnósticos sociales. Son propuestas de país. Son verdades urgentes expresadas con crayones y coraje.
Según datos del SISDOM, más del 70% de las escuelas rurales carecen de baños dignos. El 63% de la niñez dominicana vive en condiciones de vulnerabilidad. Y en barrios densamente poblados como Capotillo, Gualey o La Zurza, más del 60% de los niños no tienen acceso a espacios seguros para el juego.
Estas no son solo cifras. Son omisiones históricas.
Escuchamos a una generación que no pide caridad, sino coherencia. Que no exige regalos, sino respeto. Que no plantea utopías, sino justicia. Una generación que —sin saberlo— está ejerciendo su derecho a participar, como lo reconoce el Artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño y el Artículo 8 de nuestra Constitución.
Países como Escocia, Colombia y Finlandia ya han institucionalizado la voz infantil en presupuestos, leyes y políticas. No se trata de idealismo. Se trata de estrategia de país. Porque ningún desarrollo es sostenible si no incluye a quienes representarán la tercera parte de nuestra población en los próximos veinte años.
En Por el Bien Común escribí:
“El país que no planifica desde sus sueños termina repitiendo sus pesadillas. Y los sueños más puros —los que más valen— siempre vienen de la infancia.”
Hoy no basta con decir que los niños “son el futuro”. Hay que gobernar el presente con ellos. Integrarlos en la escuela como en el presupuesto, en la calle como en la Constitución.
Este Congreso Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes no fue un evento simbólico. Fue una decisión política. Una forma de empezar a gobernar desde la ternura, pero con la firmeza que exige la justicia.
Los niños ya hablaron. Ahora nos toca a nosotros. Y no con promesas. Con hechos.









