Cuando la condena termina, pero no el dolor

Por: Juan José Mesa
El caso de Mario José Redondo Llenas nos enfrenta a una de las tensiones más incómodas —y necesarias— de toda sociedad: la distancia entre la justicia que dictan las leyes y la que habita en la conciencia.
Han pasado tres décadas desde aquel crimen que marcó a la República Dominicana. La condena se ha cumplido en su totalidad. Desde la mirada del Estado, el ciclo está cerrado: la pena fue impuesta y ejecutada. El sistema ha hecho lo que debía hacer.
Pero hay heridas que no responden a los tiempos del derecho.
El dolor de una familia, la memoria de un país, la sensación de lo irreparable… no se archivan. Permanecen, a veces en silencio, otras veces reapareciendo con la misma intensidad del primer día. Y es ahí donde surge la pregunta más difícil, quizás la más humana de todas:
¿qué hacemos, como sociedad, cuando la justicia se ha cumplido pero el dolor permanece?
Cumplir una condena no es lo mismo que ser perdonado.
Pero sí es, o debería ser, el punto en el que el castigo deja de definir por completo a una persona. De lo contrario, la justicia pierde su límite y se transforma en una forma de condena perpetua, aunque no esté escrita.
El perdón, en cambio, no puede exigirse.
No es una obligación moral ni un mandato colectivo. Es un proceso íntimo, desigual, profundamente humano. Hay quienes podrán acercarse a él; hay quienes no. Y ambas posiciones merecen respeto.
Tal vez la verdadera madurez de una sociedad no consista en olvidar —porque olvidar sería negar—, sino en aprender a convivir con esa incomodidad:
reconocer que hubo un hecho que no tiene reparación posible, y al mismo tiempo aceptar que el derecho, cuando se cumple, debe cerrar su propio ciclo.
Entre la memoria que duele y la ley que concluye, se mueve ese equilibrio frágil que define quiénes somos como comunidad.
Porque al final, la justicia no solo se mide en años cumplidos, sino también en la capacidad de una sociedad para no perder, en medio del juicio, su propia humanidad.










