A 71 años de su fallecimiento, el legado de Albert Einstein sigue vigente en la ciencia

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A mediados del mes de abril del año 1955, Albert Einstein se encontraba trabajando activamente en el escritorio de su residencia estadounidense. Su atención estaba centrada en la redacción de un discurso destinado a ser emitido por la televisión nacional.

El propósito del mensaje era conmemorar el séptimo aniversario de la consolidación del Estado de Israel como nación soberana. El texto estaba directamente influenciado por su propia vida, marcada por la persecución que sufrió y su posterior escape de la Alemania nazi de Adolf Hitler. Mientras se encontraba redactando los borradores, comenzó a experimentar de manera repentina un dolor severo localizado simultáneamente en la región del pecho y en el vientre. El diagnóstico médico determinó que la arteria aorta abdominal había estallado, un proceso que los especialistas comparan con el estallido de un neumático desgastado.

El cuadro médico que originó ese severo dolor se denomina clínicamente aneurisma aórtico abdominal roto. Esta afección vascular provocó un desgarro longitudinal, conocido como disección, a lo largo de la pared del vaso sanguíneo involucrado. Esa condición interna configura una situación de extrema gravedad clínica que, habitualmente, conduce al deceso del paciente debido a una hemorragia masiva.

En la cirugía actual, ese evento crítico es tratado mediante una ardua intervención de muchas horas de duración. El objetivo es reemplazar la sección vascular dañada mediante el implante de un conducto tubular artificial fabricado con un material sintético denominado Dacron. Sin embargo, a principios de la década de 1950, ese tipo de cirugías se encontraban en fase de perfeccionamiento. Por tal motivo, someter a un paciente a una intervención de esa magnitud en 1955 representaba un riesgo estadístico casi idéntico al de dejar el aneurisma sin tratamiento.

El desarrollo del aneurisma en el cuerpo de Einstein guarda relación directa con sus hábitos personales. La estadística indica que el tabaquismo activo incrementa aproximadamente ocho veces el riesgo de desarrollar ese tipo de patología vascular, y el autor de la Teoría de la Relatividad era un fumador de pipa permanente. Frecuentemente, se lo observaba envuelto en una nube de humo durante las caminatas que realizaba por el campus de la Universidad de Princeton. Durante esos recorridos, solía detenerse y agacharse para recoger colillas de cigarrillos tiradas en el suelo. Tras recuperarlas, extraía el tabaco restante en su interior y lo introducía en la cazoleta de su propia pipa para fumarlo. En una época en la cual el consumo de tabaco no estaba directamente vinculado con el cáncer, Einstein sostenía firmemente que fumar contribuía a mantener un juicio objetivo y calmo frente a los diversos asuntos humanos.

Tras su muerte, que fue tapa de diarios de todo el mundo, comenzaron a esparcirse rumores que señalaban a la sífilis como la verdadera causa del deceso. Esa versión se fundamentaba en el hecho de que Einstein padeció sífilis de joven y que las etapas crónicas de esa enfermedad de transmisión sexual poseen la capacidad de debilitar los vasos y desencadenar aneurismas aórticos. Si bien Einstein mantuvo numerosas relaciones personales a lo largo de su vida, los resultados de la autopsia desmintieron tajantemente esas versiones. Los médicos forenses no hallaron ninguna evidencia de sífilis ni en la estructura de su cuerpo ni en los tejidos de su cerebro.

El 17 de abril de 1955, Einstein fue trasladado a las instalaciones del Hospital de Princeton tras ser diagnosticado con una hemorragia interna crónica. Ante ese pronóstico, mantuvo una perspectiva realista respecto a su mortalidad. Rechazó de manera categórica someterse a una operación que se ofreció a hacer un destacado cirujano cardiovascular y se opuso firmemente a cualquier tipo de intervención quirúrgica. Transmitió su decisión de que deseaba irse en el momento en que su cuerpo lo decidiera. Afirmó que prolongar la vida por vías artificiales constituía un acto de profundo mal gusto. Concluyó declarando que ya había realizado su aporte a la sociedad y que era el momento indicado para partir.

El registro detallado de los sucesos ocurridos durante los días de hospitalización fue elaborado por Helen Dukas. Dukas ejerció durante un prolongado período el rol de secretaria personal y acompañante de Einstein.