Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
No llegó con tratados encuadernados ni con discursos de seda. Llegó, como siempre, con la convicción de que el mundo no se mueve por declaraciones morales sino por intereses concretos, y que la paz —si alguna vez es posible— no se decreta: se negocia.
En los últimos meses, mientras muchos seguían leyendo la política internacional con categorías ideológicas del siglo XX, Donald Trump ha ido construyendo, paso a paso, una arquitectura diplomática que explica por qué buena parte de América Latina, varios países del Golfo y actores decisivos de Asia y Medio Oriente están recalculando su relación con Washington.
La visita de Gustavo Petro a la Casa Blanca fue una imagen reveladora. No por afinidad —no la hay— sino por método. Trump no evita a los interlocutores incómodos; los convoca.
Petro camina por los corredores, se sienta, conversa. En diplomacia, ese gesto vale más que cien comunicados. Es la señal de que la conversación sustituye al bloqueo, y de que el conflicto no se administra desde la distancia sino desde la mesa.
Ese mismo patrón se repite en otros frentes. Con India, Trump convierte la energía en instrumento de paz. El acuerdo con Narendra Modi —reducción de compras de petróleo ruso, aumento masivo de importaciones energéticas desde Estados Unidos y potencialmente desde Venezuela, rebaja arancelaria del 25 % al 18 % y apertura comercial india— no es solo comercio: es geopolítica aplicada.
Al tocar el corazón energético del conflicto ruso-ucraniano, Trump evita la retórica bélica y desplaza el eje hacia el mercado. No amenaza a Rusia; le cambia el entorno.
En Venezuela, la diplomacia trumpista vuelve a mostrar su lógica. No hubo discursos épicos sobre democracia. Hubo hechos: reapertura de canales, movilidad para la Iglesia, reducción de tensiones, liberación del bloqueo diplomático. Caracas vuelve a ser un actor energético en discusión, no un símbolo congelado. La política exterior, aquí, deja de ser castigo perpetuo y pasa a ser gestión de estabilidad.
Mientras tanto, Cuba, asfixiada por su propia economía, entra en un terreno que durante años evitó: la negociación. No alineamiento ideológico, sino pragmatismo por necesidad. Hablar no significa rendirse; significa sobrevivir. Trump lo entiende y lo permite.
En América Latina, el movimiento es visible. Honduras, Costa Rica, Ecuador, Argentina, Chile, Bolivia —cada uno con matices— comienzan a reordenar su relación con Washington. No todos son “pro-Trump” en sentido ideológico, pero casi todos coinciden en algo elemental: el aislamiento no paga, la confrontación simbólica empobrece, y el acceso a mercados, inversión, seguridad y energía importa más que la épica.
Incluso gobiernos que antes se definían por la distancia ahora buscan interlocución directa. No por simpatía, sino por cálculo.
La dimensión más delicada —y quizá la más significativa— aparece en Medio Oriente. Trump ha impulsado un Consejo de Paz con alrededor de 30 países, que incluye actores europeos, asiáticos, latinoamericanos y, de forma crucial, los países del Golfo. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y otros Estados clave entienden que la estabilidad regional no puede depender eternamente de la guerra administrada.
En ese marco se inserta el intento —imperfecto, complejo, pero real— de reducir la violencia en Gaza y crear condiciones para una salida negociada entre Israel y el mundo árabe.
Trump no aborda Gaza desde la retórica moralizante que fracasa una y otra vez. La aborda desde el equilibrio regional, la reconstrucción, la seguridad y la presión coordinada. Israel, respaldado pero no infantilizado; los países árabes, integrados como garantes; la comunidad internacional, convocada no para condenar sino para comprometer recursos y responsabilidades. No es una paz romántica. Es una paz posible.
También Irán entra en esta lógica. Hablar con Teherán no es debilidad; es prevención. Trump mantiene abierto el canal porque sabe que las guerras grandes empiezan cuando se rompen los pequeños contactos. Negociar es contener.
Lo que emerge de todo este cuadro no es improvisación. Es una diplomacia transaccional, dura, a veces incómoda, pero coherente. Trump no exporta valores; intercambia intereses. No predica la paz; la compra con energía, comercio y acceso. No impone alineamientos; ofrece acuerdos.
Por eso tantos gobiernos, incluso críticos, se inclinan a conversar. Porque entienden que esta diplomacia —del siglo XIX en su lógica, del XXI en sus instrumentos— reconoce una verdad incómoda pero persistente: los Estados no se mueven por consignas, sino por flujos. Flujos de petróleo, de comercio, de inversiones, de seguridad.
“La Diplomacia de Trump” no es elegante ni sentimental. Es áspera, directa, y profundamente política. Pero en un mundo saturado de guerras interminables y discursos vacíos, vuelve a colocar la negociación —con todos sus riesgos— en el centro del escenario. Y eso, hoy, ya es una forma de poder.









